VIAJE ESTUDIOS ITALIA. IES COSME GARCÍA. 4º ESO. 14-19 JUNIO 2026
Dicen que a Roma por todas partes se va, pero eso no es del todo cierto. Desde Logroño hay que viajar por fuerza hacia el este, hasta llegar al mar, y bordear luego la costa mediterránea. Eso es lo que hicimos el primer día del viaje, alargando con paciencia las horas de autobús para dormir a San Remo. Con una parada intermedia en Colliure, el pueblo francés que guarda en su cementerio los restos de Antonio Machado, al que rendimos un pequeño homenaje alrededor de su tumba con unas flores y unos poemas compartidos. «Caminante son tus huellas /el camino y nada más».
Nuestro camino en Italia nos llevó al día siguiente hasta Pisa. Entrar en la Piazza dei Miracoli, el Campo de los Milagros, es como colarse en el interior de una enorme postal de tres dimensiones. Primero el Baptisterio, luego el Duomo y, tras ellos, la torre inclinada, que parece que se asoma para salir en la foto. Un error de cálculo convertido en un acierto de siglos. La siguiente parada fue Florencia. Para ver la ciudad hace falta un cuello capaz de girar trecientos sesenta grados. Un palacio a la izquierda, otro más grande a la derecha, la portada de una iglesia enfrente, una escultura monumental a la espalda y allá en lo alto la majestad de la cúpula del Duomo. Y así a lo largo de las calles y en el cruce de las plazas que nos llevan hasta el asombro de la Piazza de la Signoria, poblada de estatuas. La más famosa de todas es el David de Miguel Ángel que vimos en la Galería de la Academia. Parece imposible que algo tan colosal pueda ser al mismo tiempo tan humano. Humano como el comandante nazi que en la Segunda Guerra Mundial desobedeció la orden del destruir todos los puentes sobre el río Arno y dejó en pie, conmovido por su belleza, el Ponte Vecchio que admiramos.
Y después Roma, el destino final del viaje. La ciudad imperial que vimos desde la altura del Coliseo, el poderío del vecino Arco de Constantino, el paseo por el Foro Romano bajo un sol abrasador, buscando agua y sombra mientras imaginamos lo que tuvo que ser el esplendor de los césares, el mármol de los templos y las basílicas, la llama sagrada del templo de Vesta, el bullicio de los foros, la gloria de los arcos triunfales. Por la Piazza del Campidoglio llegamos a las escaleras del Palazzo Venezia y desde allí nos adentramos por el Centro Storico para callejear de plaza en plaza. «Caminante no hay camino / se hace camino al andar».
El punto de encuentro de la fuente de los cuatro ríos de la Piazza Navonna, la perspectiva de las escaleras de la Piazza di Spagna, la famosa Fontana de Trevi donde ahora hay que pagar para poder echar dinero. Y el Panteón. El interior del Panteón sobrecoge si uno es consciente de estar en un lugar único: la perfección de la esfera, el ojo abierto a la bóveda celeste, la luz del sol que resbala por los casetones. Parece que si alguna vez el mundo tuvo un centro debió estar aquí. Pero en Roma hay otro centro que conecta la tierra y el cielo: la Basílica de San Pedro, donde todo lo que vemos se escapa del tamaño y la proporción de lo humano. Subir a lo alto de la cúpula, después de sudar cientos de escaleras, puede parecer casi un castigo, una penitencia. Pero la vista desde arriba es un premio sobrado. La ciudad entera se ofrece a la vista, a un lado y al otro del Tíber, como si fuera el regalo anticipado de una despedida.
La última etapa del viaje nos lleva al puerto de Civitavecchia, a embarcar en el Ferry que pone rumbo a Barcelona en una navegación de casi veinticuatro horas por aguas internacionales, sin conexión a Internet, con muchas idas y venidas por los pasillos estrechos de los camarotes y una fiesta en la discoteca, en la cubierta, al aire libre, en medio de la oscuridad cómplice del mar. A la mañana siguiente a nadie le sorprendió que el comedor del desayuno estuviera casi vacío.
En la cubierta, a media tarde, empezó a dibujarse por estribor la línea de la costa española y el perfil de unas montañas azules que poco a poco se agrandaban. El final del viaje. Nuestros alumnos harán muchos más, más largos y lejanos. Pero el recuerdo de este será imborrable porque fue el primero que hicieron sin sus familias. Y porque, aunque todavía no lo saben, ya no son exactamente los mismos que salieron de casa. En la popa del barco dejamos atrás un larguísimo rastro de espuma y agua removida que marcaba el lugar del que veníamos y el rumbo a seguir. «Caminante no hay camino / sino estelas en la mar».




















